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  URBAN CHAMPION
 


                                                     Urban Champion (Víctima: NES)



                                


Aunque hace ya dos meses que pasó la Navidad, hoy me veo en la obligación de contaros un pequeño cuento típico de esas fechas:

 

Érase una vez a principios de los 90 un niño español de clase media al que sus papis le regalaron por Navidad una flamante NES de 8 bits, convirtiéndose de la noche a la mañana en la envidia de todo el barrio y en el miembro más respetado entre su círculo de amistades, ya que todos ellos se tenían que conformar con la Atari 2600 de turno. Los meses pasaron rápidamente, y entre partida y partida al Super Mario Bros, el niño descubrió que algo no iba bien: se había pasado el juego 675 veces, había cobrado a sus amigos 100 pelas de las de entonces por partida (500 al vecino de abajo, ése al que no podía ni ver, pero que no se despegaba de su NES ni a ostias)… y poco a poco empezó a notar que aquel juegazo que le había tenido pegado horas y horas a la tele y que le había hecho sacar una buena pasta estaba ya más quemado que la moto de John Lennon. Era necesario un cambio.

 

Raudo y veloz, fue corriendo a sus papis para exigirles que le compraran un nuevo juego con el que poder seguir atracando a la gen… estoooo, disfrutando de su querida NES. Los padres aceptaron encantados, máxime teniendo en cuenta que la Navidad volvía a estar a la vuelta de la esquina, y qué mejor regalo para su niñito que un nuevo cartucho con el que pegarse más horas delante de la tele y así dejar de darles la lata.

 

Horas después, y tras echar un buen rato en el mercado de la esquina, volvieron a casa con el presente. El niño, en plena posesión demoníaca, empezó a hacer trizas el papel de envolver regalos. La impaciencia le devoraba, ¿de qué juego se trataba? ¿Zelda, Megaman 3, Probotector, Tortugas Ninja II, quizá Blaster Master? Cuanto más tardaba en abrirlo más se emocionaba. Finalmente, tras despedazar los escasos trozos de papel que lo envolvían, pudo leer el título de la portada: Urban Champion. “Pero, ¿esto qué coño es?” Sin darle las gracias a sus papis se fue a probarlo a su querida NES, nada convencido.

 

Tras jugarlo unos 10 minutos, el tiempo que tardó en sacarlo de la caja, meterlo en la consola, enchufarla, ver su discreta pantalla de título y comprobar que el jueguecito del diablo consistía en dos notas dándose estopa durante tres pantallas para luego repetirse hasta el infinito, el niño explotó, cual petardo fallero valenciano. “¡¿Qué es esta mierda que me habéis regalado?! ¡¿Cómo pensáis que puedo tirarme horas y horas delante de la pantalla con esta porquería?!”, corrió a gritarle a sus papis cartucho en mano. “Calma, cielo”, le contestó la madre, “No debes fiarte de las primeras impresiones. A lo mejor ahora te parecerá una birria, pero estoy segura de que si le dedicas el tiempo necesario luego no te podrás separar de él”. “Sí”, intervino el padre, “Y a lo mejor a tus amigos les encanta, tú ya me entiendes…” De tal padre tal tonto, claro.     

 

Algo más convencido, el niño se dispuso a meter de nuevo el juego en la consola. Se tiró una media hora más jugándolo, pero sus impresiones seguían siendo las mismas. Pasó una hora. Y otra, y otra, y otra, y otra, y otra de propina, pero nada le hacía cambiar de opinión. “Bazofia total y absoluta”, pensó, “Ya no es sólo que los gráficos parezcan de cuando Almanzor perdió el tambor o que apenas haya algo que se pueda catalogar como sonido, sino que es todo el maldito rato lo mismo: embestir a puñetazos al rival hasta sacarlo de la pantalla para finalmente tirarlo por la alcantarilla del final. ¡Y luego vuelta a empezar! En fin, seguramente les guste a los memos de mis amigos, que no sabrían distinguir entre un Mario 3 y un E.T. ni aunque se los pusieran a huevo…” Craso error, como pudo comprobar la tarde del día siguiente, un día que marcaría un antes y un después en su vida.

 

Aquella fatídica tarde, el chaval decidió reunir a toda su tropa de amigos para cobrarl… hacerles probar su nueva adquisición. Fueron 15 minutos que no olvidaría jamás. “¿Y éste es el nuevo gran cartucho del que me hablabas esta mañana? Amos anda, no lo juego ni gratis, así que imagínate pagando 20 duros. Que te den.” Ésa fue la respuesta generalizada de sus colegas, incluso la del vecino de abajo, sí, el pesao ése, que a partir de entonces dejó de serlo porque ya no volvió a pasarse más por allí... igual que el resto de chaveas, dejando a nuestro protagonista más solo que la una a partir de ese momento. Pasó de héroe a villano en cuestión de días. Ya no era El crack del Mario 1, ahora era El pringao del Urban Champion. Y eso duele.

 

Tocado y hundido, no volvió a dirigirles la palabra a sus padres en toda su existencia, escapándose de casa a las pocas semanas y yéndose a vivir debajo de un puente en compañía de un mono titi. Al cumplir los 18 juró venganza contra todos aquéllos que tan malos momentos le hicieron pasar durante su traumática infancia, inventando un arma mortífera que aún a día de hoy sigue provocando secuelas cerebrales entre la población mundial: el Superman 64. Fue condenado a 50 años de prisión: 40 por atentados contra la humanidad y 10 por calumnias, al hacernos creer a todos que fue obra de la compañía francesa Titus, manchando gravemente su nombre y provocando con ello su bancarrota en 2005. El mono titi fue dado en adopción.

 

Moraleja del cuento: no les regaléis a vuestros hijos juegos mediocres, joder, que luego salen como salen.




                             


                             


                             


                             

 

 

                                                                                               PENUMBRA



 
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